ACNÉ Y ALIMENTACIÓN ANTIINFLAMATORIA

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El acné es una alteración del equilibrio bacteriano de la piel producido por el sobrecrecimiento de la bacteria Cutibacterium acnes generando un proceso inflamatorio. Aunque lo más común es desarrollarlo durante los cambios hormonales de la adolescencia, cada vez hay más adultos con más de 30 años que todavía lo siguen arrastrando. A pesar de que está relacionado con trastornos hormonales, se ha visto que situaciones o sucesos estresantes mantenidos en el tiempo favorecen su aparición.

 

Ya se sabe y se habla de la conexión que hay entre la microbiota -la primera barrera de defensa-, la regulación hormonal y la alimentación. Cuando hablamos de microbiota, hacemos referencia a la flora bacteriana, esos millones de microorganismos que conviven en nuestro cuerpo y sin los cuáles no podríamos existir. Pues bien, si la microbiota no está sana, nuestra función hormonal se altera. De ahí que empiecen a aparecer alteraciones en otros sitios, como en la piel, que quizás nunca se relacionarían con el intestino.

 

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo sanamos un intestino y por ende un acné severo?

 

Lleva una alimentación antiinflamatoria

 

Llevar una alimentación antiinflamatoria consiste en retirar aquellos alimentos que contienen compuestos proinflamadores. De todos estos, vamos a destacar 5:

 

  • Gluten (que está presente en trigo, espelta, kamut, centeno, cebada, avena no certificada como sin gluten y productos derivados)
  • Lácteos (incluye leches, yogures, kéfir y quesos)
  • Soja y derivados (soja texturizada, tofu, tempeh, heura…)
  • Azúcar (todo tipo de azúcar añadido)
  • Alcohol (la cerveza y el vino también son alcohol)

 

Si hay acné y esta alteración coexiste con alguna alteración intestinal (estreñimiento, diarrea, gases, hinchazón abdominal, dolor abdominal, ardor, reflujo, mal aliento…), el primer paso sería tratar intestino a través de una alimentación antiinflamatoria y baja en compuesto fermentables, donde se evitaran al máximo estos 5 proinflamadores de la dieta. 

 

Existe evidencia científica sobre el poder proinflamatorio que tienen estos compuestos ya que al llegar al intestino favorecen la permeabilidad intestinal y, como consecuencia, se activa el sistema inmunitario, generando una respuesta inflamatoria. Ya existen muchos estudios que han encontrado dichos efectos en relación al gluten. Se ha visto también que los lácteos y el azúcar activan las citoquinas proinflamatorias e interfieren en la regulación de hormonas sexuales, entre otras, favoreciendo el desequilibrio de la bacteria responsable del acné.

 

La soja es una legumbre altamente consumida en los países orientales. Pero, el principal problema que encontramos es que en nuestra área geográfica no estamos adaptados a este tipo de alimento y nuestra flora intestinal no llega a procesarlo correctamente generando inflamación o fermentación. La versión más profesada es la soja texturizada. Muchas veces versiones cocinadas como el tofu o fermentadas como el tempeh, se digieren mejor, pero siempre hay que valorar el estado del paciente. Finalmente, respecto al alcohol ya sabemos que se trata de un tóxico que interviene en la correcta función hepática, de ahí que se conozca como potente un hepatotóxico. Si tenemos un inadecuado funcionamiento intestinal y además, añadimos más tóxicos al cuerpo, el hígado tiene que trabajar doblemente para mantenernos en equilibrio.

 

Si eres consumidor/a diario de estos alimentos te animamos a que los vayas retirando poco a poco. En pocas semanas empezarás a notar los beneficios de ese cambio.

 

¿Cómo elevar el poder antiinflamatorio a través de la dieta?

 

  • Incorpora omega-3 cada día: sin duda es la principal grasa antiinflamatoria que podemos incorporar a través de la dieta y la vamos a encontrar en el pescado azul (sardinas, boquerones, caballa, jurel, dorada, salmón…), semillas como el lino y la chía y sus aceites vírgenes derivados y frutos secos como las nueces.
  • Evita el exceso de grasas proinflamatorias provenientes de aceites refinados especialmente, lácteos, embutidos o carnes rojas de pobre calidad nutricional.
  • Eleva el consumo de fibras funcionales en tus platos. Algunos ejemplos serían el almidón resistente (que se logra cocinando y refrigerando los tubérculos y algunos cereales como el arroz), las verduras de color verde (espárragos, alcachofas, puerros, hojas verdes…), las pectinas que encontraremos en las manzanas cuando las asamos, los mucílagos de las semillas de chía hidratada, etc. 
  • Consume más antioxidantes: ¡que tus platos se llenen de colores! A más color, más poder antioxidante. El color del alimento indica el tipo de antioxidante que tiene. Si es de color naranja de una calabaza, una zanahoria o de un boniato se debe a los carotenos. El color verde potente de la menta, hierbabuena, cilantro, perejil, etc. se debe a la clorofila y, y si es de color morado se asocia a la presencia de antocianinas que podemos encontrar en la remolacha, los frutos del bosque (arándanos, açaí, maqui berry, remolacha, etc.) y en la col lombarda.

 

Si quieres saber más sobre cada uno de estos alimentos, te contamos más dentro de nuestro curso “DESCUBRE TU ESTILO DE ALIMENTACIÓN SALUDABLE Y MINIMALISTA”.

 

Si necesitas un tratamiento personalizado para abordar todos estos aspectos mencionados, puedes apoyarte en nuestro servicios para poderte guiar mejor en este proceso de cambio con el fin de que recuperes el estado natural de tu piel.

 

Esperemos que te resulte de interés.

 

Cuéntanos qué más te gustaría aprender y te lo contamos en el siguiente post.

 

¡Un abrazo!

 

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